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¿A quién llamas tú "vieja"?

En una jornada como la de hoy, Día Internacional de la Mujer, nos ha parecido oportuno reflexionar sobre nuestra aproximación con el binomio edad y género, y cómo el lenguaje y los significados que atribuimos a determinados conceptos, pueden perpetuar un imaginario lleno de estereotipos. ¿Se trata de resignificar términos o etapas vitales? ¿ambas cosas? Permitirme compartir con vosotras mi punto de vista.

Recuerdo perfectamente la primera vez que, paseando por la calle, una niña, al chocarse contra mí, decidió herirme de muerte diciéndome: “Lo siento, señora.”

¿A quién llamaba señora? A mí, que acabo de inaugurar la treintena, me muevo en ambientes alternativos, que me hacen sentir muy moderna y estoy totalmente al día de las últimas tendencias.

Fue así como este imperdonable agravio abrió la caja de Pandora, quién seguro también era otra señora, y emergieran muchísimas preguntas sobre eso “de ser señora”.

¿Acaso serlo significa tener una personalidad arcaica y vivir ajena de los avances sociales? ¿Era eso lo que había querido decir esa niña o sencillamente me identificaba como alguien mayor que ella? Si la niña lo utilizaba por la edad, ¿qué hacía que yo lo identificara con otras cosas? ¿Quién me había enseñado eso? Y la peor pregunta de todas, si “ser una señora" no era eso ¿qué es realmente?

Una vez comenzaron las preguntas sobre las señoras, empezaron a llegarme otras relacionadas con las mujeres mayores. Otro concepto que ronda en mi cabeza en este ping-pong entre las creencias adquiridas y naturalizadas en la cultura edadista y misógina que nos rodea, y los aprendizajes que he podido ir haciendo en mi trabajo con las personas mayores.

Pero esto tampoco lo tenía muy claro. ¿Quiénes son las mujeres mayores? ¿Cuándo nos convertimos en mujeres mayores? ¿Se trata sencillamente de un número, una frontera definida que una vez pasada cambia nuestra identidad y nuestros roles?

Si no es una edad, ¿qué es lo que nos hacer ser mujeres mayores? ¿Pasar por hitos como la jubilación o el inicio de la menopausia?

¿Es lo mismo ser vieja que mujer mayor? ¿Qué nos hiere de algunos términos y qué logramos con los cambios de palabras?

Por suerte para mí y para esa niña, a la que perdoné por mi propia confusión mental con el tema, estas preguntas ya se las habían hecho otras grandes mujeres (¿puede que ellas también fueran señoras?), como Anna Freixas y Mónica Ramos, sirviéndome como mapa del tesoro todas sus reflexiones y descubrimientos.

Hablemos de EDADES

Socialmente la vejez se suele entender como algo exclusivamente biológico, vinculado con el cuerpo y la edad.

Pero, si nos paramos a pensar un poco, esto cae por su propio peso. Y si tenéis dudas preguntaros… ¿las personas de más de 60-65 años que estáis leyendo esto os identificasteis como persona mayor al alcanzar ese rango de edad? ¿y al resto? ¿acaso identificáis como “personas mayores” a cada persona de más de 60-65 años que conocéis?

Muy probablemente la respuesta sea que no, y es que, en realidad, el envejecimiento es un proceso multifactorial.

Quiero decir con esto, que no es solo el producto del paso del tiempo, sino que existen diferentes dimensiones en el concepto de la edad, y que al conocerlas veremos que hay un gran constructo social detrás que, además, implica grandes diferencias de género.

Por un lado, tenemos la edad cronológica. La que conocemos. Los años cumplidos desde nuestro nacimiento. En esta dimensión ya nos aparecen las primeras desigualdades de género. ¿Los años vividos se perciben igual en nuestra sociedad siendo hombre o mujer?

Si nos atenemos a la “sabiduría popular” que defiende que “Mientras los hombres maduran, las mujeres envejecen”, podríamos decir que no. Y es que, a pesar de que vivimos en una sociedad edadista, en la que la vejez no está bien vista ni para ellos, ni para ellas, a nosotras se nos castiga doblemente por ello. El arquetipo del canon de belleza, ligado indisolublemente a la eterna juventud, es una de las dimensiones por las que más nos valoran y juzgan a las mujeres.

Por otro lado, está la edad biológica, algo que podríamos traducir como el estado de salud y nuestros niveles de autonomía y dependencia. En nuestra sociedad, muchas veces asociamos vejez con enfermedad, algo erróneo y muy discriminatorio en sí mismo. Es el estado de salud y nuestro nivel de autonomía y dependencia lo que muchas veces nos hace sentirnos mayores o identificar a otras personas como mayores.

Expresiones tan comunes como “Se le ve muy mayor” cuando vemos que alguien ha sufrido algún deterioro o avance en su enfermedad, son muestra de ello.

La edad biológica también arroja señales de desigualdad de género, como muestran los datos que apuntan a peores estados de salud en las mujeres mayores que en los hombres, y no sólo por la mayor esperanza de vida, sino también como consecuencia de la sobrecarga de trabajo y cuidados.

La menopausia también es clave, pues aun siendo un proceso natural, está totalmente denostada en nuestra cultura, vinculándola siempre a la pérdida e incluso a la enfermedad, impactando en nuestra propia visión de nosotras mismas y en algunos casos incluso haciéndonos poner en duda nuestra identidad de género, sintiéndonos menos mujeres.

Pero para conocer estas realidades, es imprescindible que desde la gerontología comencemos a hacer análisis con perspectiva de género, una de las asignaturas pendientes de nuestro campo.

Además, está la edad social, definida como las actitudes y conductas que socialmente se ven adecuadas a cada edad. Nuevamente el edadismo hace mella, y mientras a la hora de hablar de la infancia y juventud la tendencia es hablar del desarrollo, en la vejez la tendencia es hablar del deterioro. Cuando para muchas personas, la vejez es el momento vital en el que disponen finalmente de tiempo libre y pueden desarrollarse a niveles a los que hasta entonces no se habían desarrollado.

Y volviendo al género, vemos que mientras que la jubilación es el principal hito social por el que se comienza a leer a los hombres como mayores, en el caso de las mujeres que han trabajado fuera del hogar cotizando, también es así, pero, en general, el hito social más relacionado con ellas es la viudez o ser abuelas.

Es decir, una vez más lo que socialmente define nuestra identidad vuelve a no estar relacionado con nosotras mismas, sino con lo que les pasa a otros. Siendo una vez más seres para otros, y no seres en sí mismos.

Por último, tenemos la edad psicológica, traducida en nuestras capacidades intelectuales y nuestra personalidad.

En esta edad encontramos que existen grandes diferencias entre la imagen social que hay de las mujeres mayores, como personas deprimidas y rígidas mentalmente, y la evidencia científica, que muestra que en esta etapa vital las mujeres tienden a ser más atrevidas, a adaptarse mejor a los cambios que los hombres y a sentirse más seguras de sí mismas que en etapas anteriores.

En definitiva, esto de ser mujer mayor es un constructo social, lleno de prejuicios hacia nosotras, donde la mirada del otro (entendido como los hombres y la sociedad) es quien tiende a definirnos.

Términos en disputa

Llegadas a este punto, creo que es el momento de hablar de los términos: viejas, señoras, ancianas, mujeres mayores…

A consecuencia de la visión negativa y estereotipada, no es raro el uso peyorativo del concepto de mujer mayor, señora o vieja, términos que son utilizados como armas arrojadizas para tachar a alguien como arcaico o tradicional en el sentido de obsoleto e incluso sin valor.

¿El problema son los términos o la imagen social de las mujeres mayores como un grupo homogéneo estereotipado y con todos los prejuicios sociales que comentábamos?

Mientras que ahora la palabra vieja a algunas les pueda resultar hiriente y ofensiva (en mi cabeza no dejo de oír a mi abuela repetirme: “viejos son los trapos”), hace muchos años no tenía esa connotación tan negativa. Nació como algo descriptivo, en la etapa adulta se es adulta, en la vejez vieja. Sin embargo, actualmente la vinculamos a todos los prejuicios que he señalado hasta ahora, así como a otros muchos.

Como señala en su "Elogio a la vejez" Eulàlia Lledó, escritora y especialista en investigación sobre sexismo y lengua:

"No hay que tener miedo de palabras como «vieja» o «anciano». [...] Podemos ir sustituyéndolas pero no hay nada que hacer. Las palabras, los eufemismos que suplantan términos que nos suenan mal tienen una vida limitada porque rápidamente absorben la carga peyorativa de la palabra que sustituyen. Lo que molesta no es la palabra, es el concepto, es la vejez. Y ninguna palabra puede esconderlo."

En mi opinión, cada persona para hablar de sí misma, tiene que utilizar los términos que más le identifiquen. Pero creo que, al no utilizar el término viejas, corremos el riesgo de discriminar a otras, de forma no intencionada. ¿Quiénes serán esas viejas con las que no me identifico? Quizás las que sí aparentan su edad, las que sí tienen una situación de dependencia o quienes han ejercido roles más tradicionales. 

Actualmente, muchas activistas feministas están apropiándose del término, resignificando la palabra vieja y revalorizándola. Un buen ejemplo es Anna Freixas, quien ha titulado su último libro directamente: Yo, vieja.

Por lo que me gustaría preguntarte, ¿a quién llamas tú vieja?, ¿de quienes quieres diferenciarte, por qué lo necesitas y qué consecuencias crees que puede tener hacerlo?

Y, sobre todo, ¿qué mirada queremos cultivar en nuestra sociedad?, ¿la de la niña que sencillamente describe la diferencia de etapa vital, o la de la señora que herida por el edadismo y machismo de la sociedad quiere que se le reconozca como otra cosa? Yo lo tengo claro, hoy soy una señora, que espera poder ser vieja.

Si os interesa el tema, enriqueceros y disfrutad leyendo los múltiples artículos y libros de las magníficas señoras Mónica Ramos Toro, Eulàlia Lledó y Anna Freixas Farré, o empaparos de sus palabras en cualquiera de sus ponencias:

Siendo siempre interesante leer los diferentes artículos sobre tema que cada vez llegan a más medios de comunicación:

Autora

Investigadora en Matia Instituto

Comentarios

C

Lo que me hace ruido del termino señora es que lo siento ligado al estatus conyugal, en mi país son señoras las casadas y señoritas las que aún no. Un joven por otra parte es exclusivo de los varones y no tiene una connotación relacional, tampoco caballero, en el caso de un hombre mayor. Las palabras usadas remiten al grado de autonomía de los géneros. Mientras que viejo y vieja que parace ser más equitativo, me resulta en una categoría que guarda más relación con la inutilidad para el sistema capitalista, pues las cosas viejas son aquellas a las que les queda poca vida útil, por ende las personas viejas serían aquellas que ya no son productivas y estaría guardado en ese concepto la carencia de valor. Entonces creo que para usar otros conceptos y que estos no sean rápidamente cargados peyorativamente como los actuales, el trabajo es de transformar el paradigma que desde lo profundo desvaloriza la experiencia humana y por ende la vida.

L

Pues creo, que es el momento del cambio y que se dejen de hacer comentarios ofensivos siempre a las mujeres tenga la edad que tenga, cambiar el término donde todas estemos cómodas, a mí me queda mucho por vivir... Si Dios quiere, pues con 48 años no me considero un trasto viejo, pero si es verdad que el concepto "vieja" o lo camufla de señora hoy no tiene el mismo valor que lo fueron para mis abuelos es utilizado como inútil, no sirve y otros los utilizan para insultar aunque al igual que el concepto de p...a en la mujer es lo peor y en el hombre es el gigoló maravilloso elegante y sexual como tanto machismo y edadismo que tenemos que sufrir las mujeres , en cambio el hombre es el madurito e interesante. No hay cosa más fea que tratar mal a una persona como muchos hacen y lo triste es que hayan mujeres machista. Quiero cambio que de verdad se reconozca que vivimos en una era moderna y actualizada donde se respeten a las personas

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